La bomba de cobalto que curaba
Antes de 1951, la radioterapia profunda significaba radio — escaso, caro y lo bastante débil para que un tumor situado a más de unos centímetros fuera apenas alcanzable.
Harold Johns, en la Universidad de Saskatchewan, construye ese año la primera unidad de teleterapia de cobalto 60, y una segunda máquina trata a un paciente en London, Ontario, pocas semanas después. Ambas siguen disputándose la primacía.
Lo que importaba era la economía. Una fuente de cobalto se fabricaba en un reactor por una fracción del precio del radio, y sus rayos gamma a 1,17 y 1,33 megaelectronvoltios alcanzaban tumores fuera del alcance del radio.
⚠️ A estas máquinas se las llamaba bombas de cobalto, expresión que ha envejecido mal. Designaba el cabezal blindado, no un arma.
En una década la teleterapia de cobalto se vuelve corriente en hospitales de todo el mundo, y cánceres de cuello uterino, cabeza y cuello pasan a ser tratables en países que jamás habrían podido costear radio.
Lo que lo sustituyó, y dónde se quedó
Los aceleradores lineales han desplazado al cobalto en los países ricos. Producen rayos X a demanda, se apagan del todo y modelan el haz con más precisión.
El cobalto conservó dos ventajas. Solo necesita electricidad para mover el blindaje, y no necesita un equipo de físicos para seguir calibrado. En un hospital con suministro eléctrico irregular o personal técnico escaso, un aparato de cobalto funciona donde un acelerador no.
La OMS ha defendido ambas posturas. El cobalto es más robusto y más barato de explotar; también es una fuente que no puede apagarse, que hay que custodiar toda su vida y eliminar después.
⚠️ El Gamma Knife, empleado en tumores cerebrales, sigue siendo de cobalto — unas doscientas fuentes pequeñas dispuestas para que sus haces converjan en un punto. Nada más da esa geometría con tanta sencillez.
Esterilizar el mundo desechable
El mayor uso por volumen no es el tratamiento sino la esterilización.
Jeringuillas, guantes quirúrgicos, suturas, catéteres, implantes — casi todo el material médico de un solo uso se esteriliza pasándolo, ya sellado en su envase, por un campo gamma procedente de una fuente de cobalto 60.
El calor fundiría el plástico. Los productos químicos dejarían residuos y exigirían abrir el envase. Los rayos gamma atraviesan la caja y rompen el ADN de todo lo vivo que haya dentro.
Las mismas instalaciones irradian alimentos: especias, cuya carga bacteriana es alta, y algunas carnes y vegetales. El proceso está avalado por la OMS y es obligatorio para ciertas importaciones.
⚠️ No vuelve radiactivo el alimento. El alimento nunca toca la fuente, y unos rayos gamma a esas energías no pueden alterar un núcleo. La objeción que persiste en el debate público no la sostiene la física.
Ciudad Juárez
En diciembre de 1983, una fuente de cobalto 60 de un hospital de Ciudad Juárez, comprada años antes y nunca instalada, acabó en una chatarrería. La cápsula se rompió y las pastillas de cobalto se mezclaron con la chatarra.
El acero contaminado se fundió y se convirtió en varilla de refuerzo y en patas de mesa, distribuidas por México y exportadas a Estados Unidos.
⚠️ Se descubrió por casualidad. Un camión que transportaba varillas tomó un desvío equivocado y pasó junto al Laboratorio Nacional de Los Álamos, cuyos detectores de acceso se dispararon.
Hubo que localizar y demoler viviendas ya construidas con ese acero, y se rastrearon miles de toneladas de material. Es uno de los peores casos documentados de fuente huérfana, y ocurrió en un país con normativa nuclear, no en un vacío regulatorio.
Cinco años, y por qué conviene
El cobalto 60 tiene un período de 5,27 años: lo bastante corto para resultar incómodo, lo bastante largo para ser explotable — y esa combinación es lo que lo hace útil.
Una fuente pierde en torno al 1 % de su intensidad al mes. Un aparato de radioterapia obliga por tanto a recalcular los tiempos de tratamiento con regularidad y a sustituir la fuente cada cinco o siete años.
A cambio, una fuente agotada se vuelve inofensiva en una escala humana y no geológica. A los cincuenta años le queda alrededor de una milésima de su actividad inicial. El cesio 137, con sus 30,1 años, tarda tres siglos en llegar ahí.
⚠️ Ese es el intercambio entre ambos. Para una fuente que algún día acabará abandonada — y algunas siempre acaban así — la que decae es el fallo menos grave.